Los dos 'solos' de Messi orientan el camino de un Barça con Iniesta y 'Von' Xavi en sus mejores versiones
Arrancó el prodigioso primer violín -Messi-, un segundo que ensalza
su virtuosismo -Iniesta, el mejor 'acompañante' del mundo- y un tal Von
Xavi, que lleva el tempo y el ritmo del resto. A este Barça coral que
Messi colocó en la Historia le faltaba una remontada simbólica. Ya la
tiene, es la primera vez que se remonta un 2-0 en el actual formato de
Liga de Campeones, otra huella sinfónica que delata su gobierno del
fútbol hecho música. El
concierto quedó subrayado con la zurda del solista,
incluidos su dos 'solos' superiores. Después... la función discurrió de
carrerilla, donde cada parte de la orquesta entró a su tiempo, más
fácil que lo que el empacho en Milán aunciaba.
Y no será porque la banda 'rossonera' no estaba avisada, por ejemplo
de su calvario en la vuelta de octavos contra el Arsenal llevando un 4-0
de San Siro. Se valió de aquella renta y de un Abbiati que evitó más de
lo que dijo la derrota 3-0 en la vuelta del Emirates. Aún tiritó más en
el Camp Nou el grupo de Allegri, al que un 'plan renove' ha segado la
media de edad de golpe.
El Milan ni defendió bien ni atacó, no supo. Se quedó camino a ninguna parte.
Cuando tuvo que... no había otra partitura, todo eso contra un Barça
donde sus mejores piezas entraron en sinergia. Estos fueron los factores
para el vuelco azulgrana respecto a la ida.
1.-El alcance y precisión de Messi
No es que sea la 'novena sinfonía' del argentino, para una zurda que
lo ganó todo sólo puede serlo un Mundial. La figura de Villa en la
posición de centro delantero le dio aún más libertad para picar y
aparecer en cualquier lado, en el medio, en tres cuartos, en punta. Sin
necesidad de estar en la finalización siempre. ¿Más tiros? Sus dos goles
desde la frontal son de una precisión mayor, propia de disparos dentro
del área. El primero, una nota sublime de cómo se arma el tiro en
movimiento, en un pestañeo donde enroscó un balón entre un pelotón de
abejorros. Porque la colocó con el efecto de un dardo, viendo en la
escuadra el hueco que dejaron dos vigilantes que le salieron a tapar de
frente y apremiado por los tres vigilantes por detrás. Su segundo gol
fue otro latigazo con su pie mágico desde la frontal en el que Abbiati
pudo estirarse algo más. Aparte de tales entonaciones, los milanistas
sólo pudieron cortar sus avances con continuas faltas. Bajó y subió lo
que le vino en gana, de enganche y de finalizador, muy bien conectado a
Iniesta y Xavi.
2. Xavi vuelve a ser Von Karajan.
Otra vez Xavi volvió a utilizar la pelota como una batuta, tocar y
hacer jugar a los demás. No hay futbolista en el mundo que sepa
controlar mejor los ritmos, a veces ganar metros y otras veces ganar
control, como si tuviese un GPS del paradero del resto. Alrededor de su
primer toque -con Iniesta y Busquets de socios- se reunió un Barça con
movilidad de todas sus partes, pero en un modo menos parabrisas.
Abasteció ese desmarque constante en los mejores minutos del Barça. De
un toque nació el primer gol de Messi —una pared el balcón del área-, el
primero que cobra Leo contra un equipo italiano en jugada (hasta ahora
llevaba tres de penalti). Además de interpretar la movilidad del
argentino, disfrutó con las ayudas mayores de Iniesta y Busquets, las
aperturas hacia Pedro y Alves o a ese Villa paciente merodeando en el
área.
3. Alves pone una sucursal de centros.
El Barça jugó con tres defensas en la primera mitad porque Alves era
un extremo derecho permanente en el primer acto. Toda la banda para él.
Alba subió menos en esos 45 minutos donde el brasileño puso una
franquicia de centros desde la derecha que abrió el campo y ofreció más
posibilidades de remate. Con Villa siempre fijando los centrales, hubo
más intentonas que sin 9. El brasileño buscó las roscas más que la
continuidad de las jugadas, trabajo para los centrales Mexés y Zapata,
también a la hora de tapar los que se incorporaban de segunda línea.
4. Villa fija a los centrales.
Necesitaba un gol grande más que el comer, sentirse importante otra
vez. El regreso a su verdadera posición de 9, sin caer a banda,
rentabilizó mejor la libertad total de Messi, liberado de no tener que
rematar siempre. Atrajo la atención de los centrales, menos libres para
tapar otros fuegos. Esa presencia merodeante sobre la portería
posibilitó las roscas de Alves desde su banda. Su gol, el tercero, se
originó en un robo de Mascherano sobre Ambrosini. Xavi le sirvió un
balón que se tragó con cáscara y todo el ghanés Constant. El Guaje la
barrenó al otro palo, con Abbiati poco más que de estatua.
5. Más presión y más verticalidad al primer toque.
Las consignas estaban claras. El Barça presionó mucho mejor que
últimamente en cada perdida sobre el milanista poseedor de la pelota.
Más presión exprés y basculación defensiva. Se abortaron todos los
contragolpes, menos el boquete central que provocó el único fallo de
Mascherano ante Niang. Otro objetivo fue el de dar la mayor verticalidad
posible a menos toques, lo que distinguía a este Barça de Tito del de
Guardiola. No sólo con juego en corto, también se varió con algunos
pases largos. Todo ello posibilitado por la mayor movilidad y desmarque
que en las últimas fechas.
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